Archivo mensual: marzo 2010

Virtuosismo en Joyce, anécdota en GGM

El giro provocado por la obra de James Joyce en la literatura tuvo una nueva dinámica, años más tarde y en territorio latinoamericano. En estas tierras surgieron plumas vigorosas y novedosas que hicieron su aporte al caudal de la literatura mundial, y se denominaron “Boom latinoamericano”.

De esta corriente nueva formaron parte Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, José Donoso, Carlos Fuentes, Mario Benedetti, Jorge Luis Borges, Juan Carlos Onetti y Gabriel García Márquez (foto). Particularmente influyente resultó este último.

Sin embargo, el virtuosismo en el lenguaje que había otorgado un nuevo estatus a la literatura con la obra de James Joyce, fue reorientado hacia la fluidez de la anécdota. Lo importante, entonces, a partir de Gabriel García Márquez, es la historia.

Y sobre todo, la cantidad de historia contada.

Porque las tramas sencillas pero enmarañadas de Juan Carlos Onetti, por ejemplo, que exigen un lector atento y participativo, al igual que en los textos de Jorge Luis Borges, en Gabriel García Márquez se convirtieron en una avalancha de sucesos, cada uno tan insólito o más que el precedente, que formó un desbordamiento imaginativo bautizado como “realismo mágico”.

Tengo por cierto, en lo personal, que hizo tanto bien, como daño, a la literatura, la irrupción de Gabriel García Márquez. Impronta que reforzó el otorgamiento del Premio Nobel de Literatura en 1982.

El trabajo del lenguaje, el cuidado en el adjetivo, la fuerza de las metáforas, es decir, todo el virtuosismo ganado, volvió atrás.

Porque Gabriel García Márquez escribe, por supuesto, bien, en términos de sujeto-verbo-complemento, pero su escritura es, si se quiere, llana. Está muy cerca del best-seller estadounidense, muy cerca de los textos para leer en la playa.

Gabriel García Márquez impuso la anécdota por sobre el lenguaje.

El trabajo del lenguaje dejó, súbitamente, de tener importancia, para tenerlo el flujo de los acontecimientos. Y no cualquier acontecimiento, sino uno que deslumbre, que sorprenda, que produzca una exclamación en el lector.

Creo que la literatura, en este sentido, retrocedió con Gabriel García Márquez.

La literatura dejó de ser manejo del lenguaje para convertirse en cuenta-historias.

Muchas vocaciones echó a perder Gabriel García Márquez, porque la novela sicológica, por ejemplo, la narración minimalista o la narrativa objetalista, dejó de tener sentido, en aras de una avalancha de sucesos.

Su novela corta “El coronel no tiene quien le escriba”, considerada por muchos, incluyéndome, una obra maestra, se transformó en la catarata de cosas de “Cien años de soledad”, la cual, reitero, está escrita con el cuidado del buen narrador, en cuanto a sujeto-verbo-complemento, pero es inferior, tal vez, a la primera novela mencionada.

Por lo demás, el “realismo mágico” no es más que la recuperación de la narración oral popular, no solo de Colombia, de donde es originario Gabriel García Márquez, sino de cualquier país del mundo.

Y digo más, inclusive de sucesos que ocurren en esferas no tan populares, como la extinción de los Romanov, que bien pueden formar parte del realismo mágico de la literatura.

Cambios en la literatura con James Joyce

Algunas personas realizan ciertas hazañas que modifican para siempre el curso de las cosas. O al menos modifican para siempre la manera de hacerlas. James Joyce (ilustración) es una de ellas.

La literatura, no solamente irlandesa, sino mundial, dejó de ser lo mismo después de editarse su novela “Ulises”.

Novela que para algunos, entre quienes me incluyo, se considera un verdadero tostón. Una pesadez, o, simplemente, una lata. Una cosa voluminosa, que parece no ir a ninguna parte, hasta cuando se asoma a una cámara que muestra las pequeñas cosas que uno ve cuando vive la cotidianidad. Y hace unos primerísimos planos que, ciertamente, agotan.

Semejante mamotreto en el que Joyce narra solo unas horas de la vida de una persona.

Pero, dicho así, no se refleja la enormidad del empeño y la grandeza del resultado. La literatura, después del trabajo del dublinense James Joyce, es otra.

Es otra la literatura, en cuanto no se trata de narrar bellamente una sucesión de hechos que constituyan una historia. Ya no es así.

La literatura debe elaborar, procesar, transformar el elemento, y el elemento es el lenguaje. En este procedimiento muchos lectores quedarán a la vera, porque la literatura establecida por Joyce necesita un lector en cierta forma “elaborado” para que el texto sea asimilado, releído, entendido en múltiples formas y, finalmente, realizado.

Creo que lo que ocurre es que se inaugura una vía nueva, alternativa a la vía por la que caminan los lectores del montón.

La manera nueva de hacer literatura encontró, ciertamente, una nueva casta de lectores de literatura, y todo andaría por una vía alternativa.

La vía común es el folletín, la narración cronológica, la argumentación consecuencial que va pasando de una escena a otra de manera obvia, con una lógica lineal que trata de parecerse a la vida. Pero la vida tiene, ciertamente, formas alternativas de presentarse y de vivirse.

Será distinto el lector que necesite “Ulises” para completarse como obra literaria, al lector que necesita “Madame Bovary”, siendo también una obra espléndida, ésta de Gustav Flaubert.

Son dos narraciones, dos narradores, dos obras, dos lectores.

Dejar el campamento para ir a la escuela

Me preguntaba: si yo fuera niño de campamento izado por el terremoto y me dijeran que me prepare para ir a estudiar, ¿querría, de verdad?

Es que dejar toda esta ebullición de gente nunca vista, callejuelas casi imaginarias para ver a mis amigos y andar con ellos por ahí, el día entero a disposición de uno para gastarlo como queramos, resulta muy atractivo para un niño.

Ir en racimo junto a los perros a ver qué están cocinando donde huele tan rico, ver cómo hacen las cosas las mamás de los demás, y el solo hecho de darle un vistazo a la carpa de mis amigos, como si me asomara a la sala de su casa, sería para mí toda una aventura.

Y no querría renunciar a las fogatas.

Si fuera niño, creo que el susto ya se me habría pasado o lo habría olvidado, muy seguro, pero en cambio lo vería en los ojos de mis padres, y eso me haría amarlos más, porque sabría que de ese miedo provendría yo, porque no me dejaron ir con las voraces ondas del mar.

Y vería desde la colina el mar con la misma emocionada curiosidad por las cosas que oculta.

Con la misma alegría de ver a mi padre sacar de allí los peces que vamos a comer. Creería haber escuchado decirle: “El mar nos quita, el mar nos da”.

Si fuera niño ignoraría, por supuesto, las noticias según las cuales todo el mundo anda preocupado porque no vamos a estudiar. Mejor.

Prefiero seguir jugando con tantos nuevos amigos que antes nunca tuve. Ni soñar. Preferiría seguir viviendo en este nuevo pueblo encantado que ayer no existió.

Aunque, quizás, en el sueño que me derrotaría después de un día tan agitado en tantas partes, jugando y explorando, aprendiendo un pedazo de vida que nadie más verá, pueda verme colgar mi mochila sobre mis espaldas y recibir el cálido beso de mamá, que me despide porque hoy llegó el día de volver a la escuela, para no ser un burro más, como dijo papá.

Requiem para un perseguidor

El lunes comenzamos esta semana con una buena noticia literaria: el talquino Hernán Rivera Letelier había ganado el Premio Alfaguara de Novela. Su novela, inédita como las otras 500 que participaron, se titula “El arte de la resurrección”.

Hernán Rivera Letelier apeló a una historia real que la prensa reseñó como del Cristo del Elqui, y sobre la cual el poeta Nicanor Parra había dedicado algo de su pluma.

Desde luego que queremos leer la novela del ganador del prestigioso Premio Alfaguara, la cual será publicada, muy probablemente, en junio, y lanzada al mercado desde Madrid, momento en el cual estará el autor recibiendo sus merecidos $93 millones.

Hernán Rivera Letelier ha ganado otros premios y escrito otras novelas. De éstas, se recuerdan “Canción para caminar sobre las aguas”, “Mi nombre es Malarrosa”, “La contadora de películas”, “Fatamorgana de amor con banda de música”, “La reina Isabel cantaba rancheras”, “Los trenes se van al purgatorio”, “Romance del duende que me escribe las novelas”, “Donde mueren los valientes” y “El fantasista”. Para acercarnos un poco a sus textos, comparto un interesante cuento:

Requiem para un perseguidor

Debo comenzar diciendo que al principio, cuando movido por quién sabe qué carambolas extrañas me diera por observarme, creí ingenuamente haber dado con algo que no pasaría más allá de ser sólo un eventual pasatiempo y, por lo tanto, tomándolo como tal, me contentaba con practicarlo nada más que en mis días libres y en momentos bien determinados (a la hora del crepúsculo comúnmente y muy por el rabillo del ojo). Y es que de ninguna manera era cuestión, pensaba yo en ese entonces, de que el jueguito me fuera a significar demasiado desgaste físico, claro, ni del otro.

Pero a medida en que fui tomando vuelo y con ello descubriéndome cosas que ni siquiera sospechaba; sorprendiéndome en actitudes que para un nuevo en tales asuntos resultaban de lo más intrigantes –por ejemplo, contemplar tuberculosamente la luna llena mientras orinaba en la llanta de un lujoso automóvil ajeno– vine en ponerme un poco más de atención llegando incluso, en algunos casos, a tomar un par de rápidas e incoherentes notas, pero de manera tan irresponsable aún que nunca llegaba a saber bien en dónde las perdía.

Después, y como las dudas se me fueran haciendo cada vez más fuertes y más insoslayables las contradicciones –ahora de pronto solía sorprenderme despichando en la luna mientras contemplaba embelezado un espeluznante volkswagen– me hice así como sin querer de una primorosa libretita ad hoc y, llegando a sacrificar algunas de las hasta entonces sagradas horas de mi siesta, comencé a marcarme mucho más al hueso. Agazapado detrás de unas gafas oscuras o simulando leer un diario me pasaba tardes enteras sin quitarme el ojo de encima.

Y así, gradualmente, casi sin darme cuenta, me fui acosando más y más horas del día. De todos los días. Perro de presa de mí mismo, ostentando un descuello insolente, me seguía olfateando mis meadas al sol y a sombra; estudiando morbosamente mis huellas en el barro; mis negros pelos en la sopa; desmenuzando y examinando lupa en mano hasta la más infeliz mosca renegreando en mi leche.

No pudiendo alzar un dedo sin parecerme sospechoso ni dejar de alzarlo sin provocarme conjeturas, llegué en un momento a no tener ningún empacho en violar mi correspondencia; ninguna clase de escrúpulos en intervenir mis pensamientos; vacilación alguna en grabar, y luego tratar de descifrar, mis más impúdicas interjecciones balbucidas en sueños. De igual forma, sin la menor consideración y en plena vía pública, no tomándome la molestia ni siquiera de identificarme, venía en interrogar y apremiar a todo aquel –ebrio, niño o idiota- que tuviera la mala ocurrencia de pararse a conversar conmigo en la calle.

Desfondando mi puerta de una patada me daba por allanarme en los momentos más inverosímiles. A veces en mitad de la noche irrumpía en pleno coito, me quedaba un rato, entonces, mirándome burlonamente en tan grotescas posiciones para luego, ante el desconcierto de la dejada a medio galopar, hacerme levantar de un salto y proceder a un feroz registro. Con la corazonada siempre de hallar “ahora sí” no sabía bien qué misteriosos mensajes cifrados, rasgaba sin misericordia mis colchones; violentaba mis libros; abría y vaciaba desaforado cada cajón, cada cofre, cada ostra cerrada con llave; me daba vuelta bolsillos y prepucio.

En algunas de estas ocasiones, viendo que los resultados de mis pesquisas no me estaban haciendo digno de ninguna medalla al mérito (después de haber tratado incluso de inculparme deslizando entre mis papeles, manifiestos y proclamas que nada tenían que ver conmigo) y enteramente convencido de que no era, de que no podía ser tan inocente, de que en verdad estaba tratando con un tipo que se las traía, en algunas de estas ocasiones, digo, al borde mismo de la locura, me agarraba del pelo y me daba frenéticamente de cabeza contra las paredes. Llevándome todo por delante me arrastraba luego enceguecido hacia la sala de baño –siempre a la sala de baño–. Allí, haciéndome sentir más miserable que un insecto, me arrinconaba a golpes contra el impávido color blanco de los azulejos, extraía un parsimoniosamente cruel cigarrillo, lo encendía como quien hace percutir un revólver y, expulsando el humo en forma amenazante, me apuntaba a la sien: “Canta, hijo de puta” me decía. “Canta o te desparramo los sesos”. Y a veces, claro, cómo no, terminaba por inspirarme y cantaba. Seguro que cantaba. Y era todo un gusto como lo hacía.

Pero eso no era todo, porque no por mucho cantar dejaba de presionarme, de apremiarme, de acuciarme hasta casi lo obsesivo. Dándome duro con un palo y duro también con una soga me exigía cada vez “más alto, cabrón”; “más claro, pendejo”; “más afinado, bastardito de mierda”. O en mitad de una sesión, después de haberme sumergido hasta la náusea en mi propia inmundicia, me susurraba afectadamente al oído frases como: “Te estás repitiendo, cariñito” o “Eso ya lo cantó Gardel, ricurita”.

Hasta que, por fin, como suele ocurrir siempre en tales casos, terminé por llevar a cabo mi ya inminente secuestro, por encerrarme de una vez por todas en uno de esos terribles recintos secretos, en donde hundido en las más oscuras mazmorras y a completa merced de mis desvaríos, me di de lleno a la tarea de torturarme ahora en forma ya más acabada; a fusilarme rigurosamente en cada amanecer.

Y aunque de estas maneras he logrado llenar un par de libretitas con declaraciones más o menos reveladoras, heme aquí terriblemente solo frente a mis despojos, contemplando impotente cómo me voy yendo de entre mis manos sin haber logrado en verdad acusarme de nada, sin poder hacer ya más (ni tan siquiera ensayar el abominable recurso del torturador bueno), sólo cavilar patético –verdugo sin Ley de Amnistía– si entregarme en un ataúd sellado o simplemente hacerme desaparecer.

LAN: bola de nieve de ignorancias

La venta de acciones que tenía el ciudadano Sebastián Piñera en la mundialmente exitosa aerolínea LAN es la historia de la bola de nieve de la ignorancia. Una ignorancia nacional sobre este tipo de negocios accionarios y la ignorancia imperdonable de los periodistas, aprovechado todo esto por la mala intención de los políticos.

La esencia misma de la sociedad que la alianza política Concertación ha estado construyendo, como legado del dictador Augusto Pinochet, es decir el capitalismo rampante, se convirtió en pecado para algunos.

Me dirán que el pecado es hacer negocios y hacer política al mismo tiempo. La verdad, no estoy seguro de la independencia absoluta de los políticos con los negocios, tanto propios como de amigos, familiares y terceros con intereses comunes.

Lo digo para el mundo entero, no solo Chile. Claro que en casi todo el mundo, hay procedimientos legales para que los políticos se separen momentáneamente de sus fortunas cuando llegan a la Presidencia de la República. Se conocen como “fideicomisos ciegos”.

En Chile, hace mucho tiempo se pregona su necesidad, pero no se ha querido legislar sobre esto. No lo quiso hacer, por razones obvias, el mandato de la dictadura, ni tampoco, por razones que aún no se conocen bien, el mandato de la Concertación.

Le tocó al propio ciudadano Sebastián Piñera inventarse un fideicomiso, y cumplirlo, con su propia disciplina y buena voluntad, y sin ley de por medio.

Parte del problema es que el periodismo que se está haciendo impide saber las cosas de manera cierta y fehaciente. Porque es un periodismo que se conforma con lo que le dicen, y no investiga.

Ningún periodista ha dicho, y primero investigado para decirlo (y ya es tarde para que lo haga) cuál es el proceso de venta de un volumen de acciones tan cuantioso como el que tenía Sebastián Piñera en LAN.

Vender un paquete de acciones por valor cercano a los US$ 2.000 millones, no es vender empanadas de pino, tampoco autos ni departamentos.

US$ 2.000 millones convertidos en pesos significan Un billón 66 mil millones de pesos, y se escribe así $1.066.000.000.000.

Es decir, el solo volumen accionario es difícil de manejar en un mercado tan pequeño como el de la Bolsa de Santiago. Tampoco hay bancos que presten esa suma para que un inversionista compre acciones por ese monto; tendría que ser un crédito sindicado, y Chile no tiene tradición de esta figura financiera.

La ignorancia es aprovechada, entonces, por los politiqueros, pues ya se ha visto que grandes empresarios e inversionistas no pudieron responder a la oferta de las acciones de Axxion, que es la empresa administradora de los valores del ciudadano Sebastián Piñera.

La familia Cueto compró una parte, Liliana Solari acaba de comprar otra porción, Singapur Temasek y Singapore Airlines vienen por otro tanto. Y estoy mencionando actores financieros que sí tienen dinero para desayunar con más que con un cortado chico y sopaipillas.

Esa falta de compradores habla de la complejidad de un negocio tan grande. Sin embargo, salen algunos con la alharaca de “por qué se ha demorado” en vender las acciones. Por lo demás, Celfín Capital recibió el encargo de venta hace un buen tiempo, y tampoco es culpa de Celfín Capital no encontrar tan rápidamente a los compradores de un volumen accionario tan grande.

Dejo este enlace, para ver la complejidad de ciertas negociaciones accionarias. En el enlace se habla de la intención de Mitsubishi de comprar una porción de la Compañía Minera del Pacífico (CMP), en un negocio de apenas US$ 924 millones.

Ver el tiempo que tardó, las condiciones de compra, el intercambio de acciones para equivaler el precio de compra, etcétera, intermediado también por Celfín Capital.

Supongo, además, que en el caso de LAN hubo resguardos para que la compañía “no se vaya de Chile”, en el sentido de que un inversionista europeo o ruso se quede con esta emblemática propiedad chilena.

Quienes han estado contribuyendo a este ruido son unos perfectos ignorantes de los negocios, que han resultado apoyados, o al menos favorecidos, por un periodismo  también ignorante, en un asunto que pareciera desnaturalizar la esencia misma de la sociedad chilena, obsesivamente centrada en el dinero y los valores bursátiles, y tristemente alejada de los valores humanos.

La astucia empresarial (criminal)

Ciertos actos humanos sobrepasan todo buen juicio, y no dejaron de quedar en evidencia con el terremoto del 27 de febrero. Decir, por cierto, que el terremoto fue como un poderoso catalizador que sacó a flote cosas inadvertidas. A grandes rasgos, la ausencia de políticas públicas, tanto para construir en zonas de más alto riesgo sísmico, como para manejar el desastre mismo. Y no quiero ahondar en esto ahora, sobre lo cual ya me he referido y volveré a hacerlo en otra oportunidad.

Ahora quiero mencionar la mentalidad, igualmente criminal y salió a flote con el terremoto, de los empresarios que en medio de la tragedia se han dado tiempo para realizar operaciones “legales”, a fin de trasladar sus patrimonios desde empresas comprometidas evidentemente con el terremoto, como inmobiliarias y constructores, a otras empresas que son de su propiedad o las están creando.

Intentar eludir sus responsabilidades en las muertes y damnificación de decenas y cientos de familias a causa del terremoto, es también, creo, un crimen. Tanto como apuñalar a otra persona, o dispararle.

¿Qué mente tienen estos “empresarios”, qué ideas se mueven dentro de sus perversos cráneos, que no sean ideas delincuenciales?

Estoy conciente que, para algunos lectores, esto debe ser un acto de “astucia” de estos empresarios. Pero para un abogado decente, esto es venal.

Esos mismos empresarios han creado unas cadenas, igualmente perversas, de empresas asociadas. Entonces, compran el terreno para edificar, mediante una firma (porque casi siempre son firmas de papel, que ellos llaman, pomposamente, “mis empresas”).

A continuación, realizan los diseños y cálculos de ingeniería, a través de otra empresa, que es de ellos mismos. Después, la construcción del inmueble la ejecuta otra empresa, que es de ellos mismos. Y, al final de la cadena, ponen a la venta esa construcción a través de una inmobiliaria que es de ellos mismos.

Obviamente, en el proceso, hay un “interventor”, o un “fiscalizador”, o un “auditor”, que es de una empresa de papel creada por ellos mismos, para darse el visto bueno.

No quiero negarme a la posibilidad de que, desde el punto de vista del negocio en cuanto tal, esta maraña fantasiosa de empresas sea una genialidad económica y tributaria. Pero desde el punto humano y de auténtica responsabilidad social empresarial es un crimen.

Quiero destacar, esta vez, que esa maraña de empresas, en el caso del sector inmobiliario, les está sirviendo a sus propietarios para trasladar patrimonios, como quien pasa dinero de un bolsillo a otro, a fin de no pagar a los afectados, en caso de un fallo adverso de la justicia.

Esta mentalidad, no me dirán lo contrario, es, simplemente, criminal.

Sobre el dolor y sangre de personas damnificadas, quienes unas semanas antes estaban confiando en ellos, y ellos los convencieron de comprarles sus inmuebles, para cumplir el sueño de sus vidas, buscan concretar un timo. De probarse la artimaña, ¿no deberían ir a la cárcel estos “empresarios”?

Más país y menos personalismos

Voy a pecar de ingenuo y considerar como ciertas las palabras del ex presidente Ricardo Lagos (foto), en cuanto a que la “oposición” debe ser sobre la base de las grandes necesidades de los chilenos, y no un asunto de partidos políticos.

En este sentido, la oposición debe jugar un papel constructivo, y aplicar una estrategia de consensos para la reconstrucción de Chile, la cual va más allá de las casas y los edificios. Algo así como que de la tragedia causada por el terremoto, y la pérdida de la “izquierda” de las elecciones, la enseñanza que emerja sea unos partidos con visión de futuro y un país cohesionado en lo fundamental.

También escuché esta mañana a Marco Enríquez Ominami en radio Oasis, quien obtuvo más del 20% de la votación en las pasadas elecciones presidenciales, pronunciarse en sentido semejante, aunque se sabe que son dos mentalidades distintas, la de éste y la del ex presidente del Partido Por la Democracia.

Pero la idea es la misma: la Concertación está fatigada, y debe buscar “estrategias de país”, para sobreponerse a un mandato de la “derecha”.

Marco Enríquez Ominami es más radical, en cuanto a considerar que la Concertación dejó de existir con las elecciones pasadas, y lo que quedó al descubierto es un grupo de senadores que se creen poseedores de la verdad absoluta de las cosas, y resultan tan conservadores como varios dirigentes de la “derecha”.

Esta es una observación que ya hemos hecho acá, y por tanto constatamos una coincidencia, solamente.

Quizás haya amanecido optimista, pero me hace sentido lo que plantean Ricardo Lagos y Marco Enríquez Ominami, en relación con mirar el país, las personas, el aparato productivo, el bienestar social y la herencia para los niños y jóvenes de hoy, antes que la rapiña politiquera de puestos burocráticos y gallitos de “oposición” entre las cuatro paredes del Congreso.

¿Qué país queremos reconstruir?

Estoy pidiéndola a los dioses del Olimpo la templanza para soportar tanta estupidez y tantas malas intenciones y, también, tanta ignorancia, durante el gobierno del presidente Sebastián Piñera.

No por él, sino por cierta manera de ver y evaluar la realidad de quienes pretenden fungir de “oposición”, que da grima.

En las últimas horas, por ejemplo, escuché al connotado político socialista Carlos Ominami diciendo que este gobierno no hacía sino nombrar “rubiecitos”.

Y a los periodistas les pareció que esa era una “gran noticia”, y fueron a “buscar reacciones” del presidente del partido Renovación Nacional, Carlos Larraín, quien dijo que, ciertamente, la ex presidenta Michelle Bachelet era “una rubiecita”.

Pero, cómo, ¿Carlos Ominami y Carlos Larraín enzarzados en “ese debate”?

Y la triste respuesta a este pregunta, es “¡Sí!”, gracias a los inteligentes colegas periodistas. ¿Cuál es el compromiso social del periodismo en Chile? ¿Ese es su aporte a la cultura política de los chilenos?

¿O los colegas periodistas creen que no tienen ningún compromiso con la sociedad, y únicamente quisieron hacer un chiste?

A este paso, cuando solo han transcurrido 15 días de posesión del presidente Sebastián Piñera, ¿qué será del país, y de quienes vivimos en él?

¡Van solamente 15 días del nuevo gobierno!

Atención que no estoy diciendo que el presidente Sebastián Piñera sea un ángel. Sé que no. Pero esa no es la manera de tratar las cosas, de quienes se precian de políticos, ni de quienes se precian de periodistas. Actuando así, ¿qué aportan al país?

Algunos consideran pecado mortal que la lista de muertos y desaparecidos por el cataclismo tenga nombres o RUT repetidos.

Bueno, pues táchenlos, y eso es todo. Esa lista no lleva ni 10 días.

Pero son amnésicos, esos mismos críticos, con la imperfección en las listas de perdidos desaparecidos de la dictadura de Augusto Pinochet, ¡que tardaron casi 20 años en corregirlas!

No estoy diciendo que sea “lo mismo” (aunque los dos eventos, el cataclismo y la dictadura, fueron tragedias nacionales), sino que, en efecto, es posible cometer errores, sobre todo contando con información entregada del anterior gobierno, tan deficiente y desprolija.

¿Por qué no respetan la potestad de la Presidencia de la República? ¿Por qué no dejan gobernar?

Si un funcionario es venal, pues denunciarlo y que lo cambien, y si sus actos lo ameritan, que lo procese el poder judicial y lo metan a la cárcel.

Pero encontrarle, de manera anticipada, maldad a todo, segundas intenciones a todo, la quinta pata del gato a todo, es realmente alucinante, enfermizo y estúpido.

¿Acaso fue perfecto el gobierno de la presidenta Michelle Bachelet?

¿No se robaron, los actuales críticos, el dinero que iba para crear empleo, del Fondo Pro Empleo? ¿No quiso un congresista que había cometido una infracción de tránsito, cortarle la cabeza al carabinero que lo sancionó y dejar a esa familia sin ingresos?

Pongo solamente estos dos casos, uno grande y otro chico, para mostrar que nadie puede hablar muy duro en este país.

Y, desde luego, no es revanchismo. Sino que debemos ser serios. Todos. Tanto los ciudadanos como los políticos y los periodistas.

Y no tratar al país y sus habitantes, de manera tan abusiva, despectiva, irrespetuosa y degradante.

Estoy pidiéndola a los dioses del Olimpo la templanza para soportar tanta estupidez y tantas malas intenciones y, también, tanta ignorancia, de la oposición y los críticos durante el nuevo gobierno.

La economía chilena, de más (+) a menos (–)

Solo constatar el debilitamiento de la economía en el último período. Quizás sean muchas las causas que expliquen el fenómeno, ahora que el ex ministro de Hacienda, el político Andrés Velasco, anda por el mundo pavoneándose de haber querido poner a Chile en el primer mundo, aunque las cifras parecen hablar del peor de los mundos.

Nunca se había visto otro ministro de Hacienda que pasara de la timidez total al iniciar su período, a la politiquería descara antes de salir, como Andrés Velasco. Se lo vio encabezando expresiones políticas junto al candidato presidencial Eduardo Frei, siendo ministro en funciones, con el endeble expediente de que lo hacía “en horario fuera de oficina”.

He manifestado mi convicción de que el funcionario público lo es todo el tiempo. De la misma manera que lo es el médico y el militar, o el periodista y el ingeniero.

¿O ustedes son una cosa de 8:00 a.m., y otra distinta después de las 7:00 p.m.? O fue que el ex ministro político Andrés Velasco inauguró a Chile como el país de la doble personalidad del Dr. Jekyll y Mr. Hayde, y no me haya dado cuenta.

Las cifras dadas a conocer por el Banco Central son elocuentes. Casi ni merecen acotación, ni argumentación.

La economía chilena en el 2007 creció +4,6%. Un año más tarde, es decir en diciembre del 2008, la economía chilena había crecido apenas +3,7%. Y para entregar su gestión de ministro politiquero, el señor Andrés Velasco (que, por cierto, con su expresión de niño bueno produce miedo por la capacidad de hacer cosas inesperadas en un niño bueno y, más bien, propias de un niño perverso; por cierto, si algo me pasa…) ocultó que las finanzas estaban en déficit (pero se puso furioso cuando el entonces presidente electo Sebastián Piñera lo denunció, porque el déficit llegó a US$1.200 millones), y ahora se sabe por el ministro sucesor Felipe Larraín, que el político Andrés Velasco hizo un sobregasto del 18% del presupuesto del 2009 (obviamente, repitiendo bonos y terminando, a las carreras, unas obras públicas para que el candidato Eduardo Frei las entregara, o, al menos, se parara al lado de la presidenta Michelle Bachelet, haciendo el papelón de ser el hombre del progreso).

Pues bien, la economía ahora mismo, está contraída. Creció negativamente, –1,5%, y como digo, puede que el señor político Andrés Velasco esté diciendo las mejores cosas posibles, y dando las mejores explicaciones pensables, en sus conferencias de alto vuelo, pero lo real es que la economía la tenía en +4,6% y la entregó en –1,5%.

Esto es como el futbolista delantero, que puede decir que dribló cuarenta veces, cabeceó ochenta, dio veinte tacos y cien pases, pero si no metió el gol, entonces…

Cena de amigos

Me llegó bajo el título de “Cena de amigos”, y refiere las consecuencias del paso del implacable tiempo sobre ti y sobre mí, de manera graciosa, de modo que lo tristemente gráfico queda atenuado y hace sonreír:

“Un grupo de amigos cuarentones se encuentran para elegir el sitio donde van a cenar todos juntos.

“Finalmente se ponen de acuerdo en cenar en el restaurante del Café Central, porque las camareras son guapas, llevan minifalda y escotes generosos.

“Diez años después, los mismos amigos, ya cincuentones, se reúnen de nuevo para elegir el restaurante donde ir a cenar. Finalmente se ponen de acuerdo en cenar en el restaurante del Café Central, porque el menú es muy bueno y hay una magnífica carta de vinos.

“Diez años después, los mismos amigos, ya sesentones, se reúnen de nuevo para elegir el restaurante donde ir a cenar. Finalmente se ponen de acuerdo en cenar en el restaurante del Café Central, porque es un sitio tranquilo, sin ruidos y tiene salón para no fumadores.

“Diez años después, los mismos amigos, ya setentones, se reúnen de nuevo para elegir el restaurante donde ir a cenar. Finalmente se ponen de acuerdo en cenar en el restaurante del Café Central, porque el restaurante tiene acceso para sillas de inválidos e incluso hay ascensor.

“Diez años después, los mismos amigos, ya octogenarios, se reúnen de nuevo para elegir el restaurante donde ir a cenar. Finalmente se ponen de acuerdo en cenar en el restaurante del Café Central, y todos coinciden en que es una gran idea porque nunca han cenado allí”.